Ramón J. Sender: ´Los riegos y la prensa. Viendo las obras de los grandes riegos (III)´

Construcción de la presa de La Sotonera (3 de marzo de 1922).

Diario del Campo publica el reportaje “Los riegos y la prensa. Viendo las obras de los grandes riegos”. Fue escrito por Ramón J. Sender y publicado en seis entregas por el diario La Tierra en mayo de 1922. Este material periodístico surge del viaje organizado por Jorge Jordana, presidente de la Junta Social de Riegos del Alto Aragón, para recorrer los trabajos de construcción de la presa de Ardisa, embalse de La Sotonera, Canal de Monegros, Acequia de La Violada,… Hoy tercera entrega.

EL SOL. EL ACUEDUCTO

Vuelven los automóviles a transportarnos por los pequeños y cuidados caminos de servicio bajo la inclemencia de un sol digno de los más calurosos mediodías agosteños. Sentimos fluir del suelo un vaho caldeado en el que se asfixian los arbustos secos con un gesto de mística resignación.

Mientras atravesamos los yermos dejando que el airecillo desarrollado por la velocidad de la marcha ejerza su acción piadosa sobre nuestras frentes, sospechamos que los señores Bello y Jordana, cuya autoridad sobre los elementos naturales es bien notoria en las obras que vamos visitando, llevando su amabilidad al máximum, han ejercido su influencia cerca de la atmósfera para evitar que nos molestara con las crudezas de uno de esos fríos primaverales en los que tan pródiga sabe mostrarse.

Pero el sol, en su afán de quedar bien, de crearse una fama de persona decente con los periodistas, ha exagerado la nota amable y su cortesía resulta molesta, empalagosa. Nos dan ganas de decirle: “No tanto, señor, no tanto. Con mucho menos queda usted bien con nosotros”.

Por no poseer la clave de inteligencia con el sol –Castán tiene la de la luna en sonoras rimas, pero no nos sirve- tenemos que resignarnos.

Llegamos a las obras del acueducto. El Canal tiene que cruzar un profundo barranco y para ello es preciso construirle los debidos soportes.

Abajo, en las profundidades de la enorme sima, trabajan los obreros indiferentes a la presencia de los excursionistas. Las vagonetas y los estrechos carriles, elementos necesarios para el transporte de materiales, surgen por todas partes.

Las obras de consolidación de la parte opuesta dejan ver sus cimientos a flor de tierra. En su derredor se afanan los trabajadores como sacerdotes milenarios de la actividad dirigidos en sus bellos ritos por estos esforzados soldados del progreso que nos acompañan y nos explican ahora con frases de pasión y de entusiasmo:

- Cuando comenzamos los trabajos de cimentación…

UNA PARADOJA

Vamos a los talleres de reparaciones. González Lacasa nos adelanta algunos detalles que despiertan nuestra curiosidad de legos en la materia. Poco valor podrá tener nuestra apreciación sobre una cosa que cae completamente fuera de nuestros escasos conocimientos, pero como la inmensa mayoría de los lectores se encuentra seguramente en nuestro caso y no escribimos para una revista profesional, hicimos el propósito de limitarnos a dar una impresión de conjunto, bajo un punto de vista personal, temerosos de meternos en libros de caballerías.

Antes de entrar en los talleres nos detenemos en una construcción de ladrillo rojo que se destina a evacuatorios. Hay varias instalaciones de W.C., en las que no faltan los más complicados refinamientos de la higiene moderna.

Al salir observamos a pocos pasos los cimientos de otro pabellón y un compañero nos explica su finalidad.

- Eso va a ser una especie de restaurant. Comedores de obreros.

Necesitamos confirmación para creerlo, porque después de los mil exquisitos detalles de organización que nos han reiterado en la creencia de que todos los trabajos son presididos por un maravilloso espíritu de orden, parece paradójico que se construyan los evacuatorios sin que antes esté edificado y en disposición de servir el restaurant.

Pero, en fin, los ingenieros sabrán lo que se hacen.

EL IMPERIO DE VULCANO

Al entrar en los talleres percibimos un olor a lubrificantes y una oscuridad casi absoluta. Poco a poco nos habituamos a la penumbra y vamos satisfaciendo nuestra curiosidad.

A pesar de los abundantes ventanales domina en las paredes, en el techo sembrado de poleas y volantes, en el pavimento y hasta en los rostros del ejército de operarios una sombra azulenca y negruzca de limaduras de hierro.

El zumbido de los motores eléctricos, de los volantes, de los tornos y de las sierras de acero ensordece. Tenemos que hablar a gritos con nuestro amable cicerone González Lacasa y poner a contribución nuestros cinco sentidos para zafarnos de las poleas, de las chispas rojas de las fraguas, de las virutas de hierro de las cepilladoras,…

Hay cuatro fraguas alimentadas de aire por ventiladores, varias taladradoras que en un santiamén abren agujeros en el acero, sierras que penetran en los lingotes de hierro con pasmosa sencillez y un ambiente de trabajo grato, ennoblecedor.

Junto a este departamento encontramos el almacén de locomotoras y de vagonetas. Unas, ya reparadas, aguardan la oportunidad para incorporarse a los largos convoyes. Otras, maltrechas por algún accidente, esperan turno para la reparación y, aquí y allá, bastidores de hierro que se revestirán de madera en otro taller y quedarán dispuestos para transportar tierra, piedras y argamasa o excursionistas por las lindes del Canal o por las profundidades de los barrancos.

CONCIENCIA PERIODÍSTICA

Son aproximadamente las cuatro de la tarde cuando llegamos a las obras de la presa del Gállego y nos apeamos cerca de una casita nueva y pulcra, palacio de sibaritismos del contratista de la presa, señor Baselga, y del ingeniero director, señor Ríos Martín.

Todos buscan una atalaya junto al enorme abismo por cuyo fondo discurre el Gállego, pero nosotros requerimos la complicidad de Martínez Torres para aplacar nuestra sed en la casita nueva y pulcra.

Entramos en un comedor instalado en la planta baja. Está mantenido en una penumbra húmeda por el transparente del alto ventanal discretamente corrido. En la mesa se nos brindan varias jarras de agua y multitud de copas. Toda una ofrenda. Poco después descubrimos un ventilador eléctrico en un rincón y una mecedora. Todo un descubrimiento.

Llenamos de agua una de las copas, abrimos el interruptor del ventilador, que se pone repentinamente en marcha, nos abandonamos a la lona fresca del balancín y dejamos correr dulcemente el tiempo pensando en el calor que debe de hacer fuera.

Transcurren algunos minutos en un grato bienestar, pero de pronto la conciencia nos dice que nuestra obligación está en el campo y que estamos obligados a ese sacrificio si pretendemos de los lectores de LA TIERRA el de su atención para nuestras informaciones.

Nos convencemos y salimos.

CONTINUARÁ.

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